Puntadas de colores.
Ellas se conocieron en las clases de bordado, y a partir de ahí la amistad las enlazo. -Me llamo Alma le dijo.  -Yo soy Yolanda, contesto la señora que ya tocaba los sesenta años. Ese primer día Alma pensó de inmediato que ella era amarilla el color de la alegría, de la esperanza, de quienes vienen a la vida para vivirla y disfrutarla, dando a los demás, ráfagas de aliento y mucho afecto.
Parecía que se conocían desde hacía mucho, bastaba ponerse a bordar el inmenso lienzo que, por propia elección, habían escogido. Y así, bordaban durante horas toda clase de imágenes y figuras que surgían mágicamente de las distintas puntadas que les enseñaban. Con ese distractor de por medio, ahí se daba el momento; ese justo momento en que las mujeres cual hilo de medias, sueltan y comparten todo:  sus gustos, sus vidas personales, y por supuesto, sus amores.
En Yolanda había crecido el interés de verse dos veces a la semana. Bordar era el pretexto, pero en el fondo le atraían esas anécdotas chistosas y dramáticas pues desbordaban la chispa del que sabe contar, era muy descriptiva de las escenas y los personajes, y de manera muy curiosa a todos les daba un color.
Cuando habló de su familia fue un día especial porque Yolanda sentía que le brindaba la confianza que únicamente damos a las personas que lo merecen. -Mi padre era gris, dijo, siempre callado y siempre trabajando en su parcela. -Mi madre era roja. Mujer fuerte; imponía con solo verla entrar en cualquier lugar; nos educó a la antigüita, con la sola mirada que paralizaba, bromeó Alma.
Sin embargo, cuando habló de su esposo fallecido, su semblante cambió, se le notó como arrepentida de tocar ese tema, guardo un prolongado silencio hasta que finalmente soltó un suspiro y narró: falleció hace mucho, él era negro, de esos hijos de puta violentos, un hombre frustrado. Y entrecerrando sus ojos, agrego que era odioso, siempre alcoholizado, y al más mínimo ruido o contradicción se enfurecía y la golpeaba con lo que tuviera a mano. Cuando terminó de narrar a detalle su penar, su voz estaba apagada y la cara de Yolanda deformada del espantoso escenario que la historia le brindaba.
-Mira! le dijo Alma, y se volteo para mostrar la variedad de cicatrices en su espalda. Ese día Yolanda le abrazo muy fuerte, durante largo rato, y no pudo contener sus lágrimas. Alma en cambio se recuperó de su breve historia, suspiró y giro su mirada hacia la maestra Mariela quien estaba al otro extremo de la estancia; ella es color lavanda, lila para muchos. Es un color suave, relajado. Tengo mas de un año de venir a sus clases con la finalidad de sanar mis heridas, las del alma. Aquí todo mi pesar se esfuma, se muere. Cada puntada, cada lienzo que termino, se lleva todo mi dolor. Ella no lo sabe, pero es sanadora sostuvo esbozando una fina sonrisa.
Yolanda le pregunto: -Y tú, ¿Alma, que color eres? Ella, con cara de desconcierto, soltó poesía. -Soy multicolor. ¡A veces soy mar infinito que enamora, arena gris que brilla con el sol, me siento ola blanca embravecida, que se transforma en briza salada… y muy convencida señaló -Soy un matizado de azules y blancos!! y en complicidad ambas rieron.
Ahora Yolanda descubre que camina distinto, se siente más suelta, más inclusiva, y más feliz; lleva un poco de su amiga Alma porque no puede evitar pintar con colores a todo el que se acerca.
  Edith González Marín
Febrero 2019.