Una gata de azotea.
Decía don Luis que esta gata apareció de la nada, sin invitación. Su color gris plomo tan original, llamo su atención. Con sus travesuras e inquietud logró la aprobación de sus hijos y su esposa; pero en especial a él, porque los gatos nunca le habían agradado.
Don Luis acostumbraba siempre, en sus días de descanso, realizar labores de todo tipo, pintar, raspar protecciones, impermeabilizar y demás tareas de mantenimiento; y la gata siempre estaba ahí, observando todo, un testigo mudo…tal y como a él le gustaban las compañías.
Tomy la gatita, tenía ya más de 6 meses con ellos. Ahí estuvo con cara de asombro cuando se le ocurrió pintar paredes de color azul chillante, también cuando desramaba su árbol de almendras cada 3 meses. Ahí en la azotea Tomy se llevó el gran susto de su vida con los nidos de zanates; pero lo más sorprendente para ella fue el colguije en todo el patio trasero de luces de colores que prendían y apagaban constantemente y que iluminaban elegantemente, labor que realizaron durante los preparativos de la boda de Leonor, la hija mayor de Luis.
Así que después de un año, don Luis presumía con sus vecinos que Tomy era una excelente cazadora, que ahuyentaba a los atrevidos ratones que se asomaban a su patio; se notaba que su simpatía había crecido con el paso del tiempo y el nexo que se había creado entre ellos era muy cercano, pero a su vez, bastante extraño.
La gata hacia rituales para muchas cosas y solo don Luis los interpretaba, por ejemplo, los brincos que daba en las noches era aviso de la hora del transporte que llegaba por él para la guardia de su trabajo en la industria. También manifestaba su enojo cuando él se ausentaba por varios días, pues a su regreso no salía, se escondía a propósito. Cuenta la esposa de don Luis que el día fatal, Tomy la gatita, se le atravesó muchas veces entre los pies a su esposo, mucho más de lo normal. Desde que sacó su Karcher para lavar la azotea, hasta cuando subía las escaleras, no dejaba de estorbar, a tal grado que él la regañó elevando la voz. Con solo unos meses de jubilado, había multiplicado sus quehaceres. Ahora le sobraba tiempo.  Así que esa mañana decidió volver a lavar la azotea.
Detalla su esposa que, extrañamente, la locuaz gatita bajó antes de tiempo, con su mirada triste que era inusual, se refugió en su casita y no volvió a salir. Unos minutos después, recuerda tristemente doña Elena, se escuchó el grito ahogado y largo y el golpe seco del cuerpo de don Luis, que, al resbalar, había caído mortalmente en el patio.
La gata nunca más subió a la azotea.
 Edith González Marín
2 de noviembre de 2018
Taller Literario Bernal Díaz del Castillo.